sábado, 4 de febrero de 2017

Prólogo del paraíso


(Sura 17:105) “Lo hemos hecho descender con la verdad, y con la verdad ha descendido.”

I

El Irán del ayatolá es un Islam realizado, redondo. Musulmanes europeos suplican a Dios con lágrimas de sangre por una visa de residencia definitiva en este edén teheraní. Gimen por vivir con ardor en este oasis de Su voluntad, o en otra teocracia islámica, aunque la felicidad no sea tan brutal. Las mujeres corren al avión por miles, a empujones, con una inaudita espiritualidad y con el firme propósito de besar la sharia y desprestigiar así la islamofobia. Teherán es un hierro magnético y en una grúa cuelgan algunos pecados. Al empresario que no le cancela las horas extraordinarias a un peón, lo entierran vivo y con sed. El ulema no deja pasar una. El que parpadea mal se estropea. En algunos sitios todavía conservan con apego la sacra tradición de apedrear a mujeres no culpables, con infalibilidad.


II

La sharia es una colección de opiniones humanas discutibles, de interpretaciones fuera de época, de decretos que son chocantes, sádicos, apasionados o inútiles, que guían al rebaño del Clemente a la miopía absorbente, aparatosa, discordante e irrazonable. Cuando el abogado que analiza la sharia es un idiota, un intolerante o un arrebatado, todo se pudre un poco más. Cuando Alá quiere lanzar una carcajada al aire, lee la sharia. Es que pensaba que el Corán era una sátira insuperable.




De la antología: “Las sotanas de Satán”





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