sábado, 4 de febrero de 2017

Alá puso a las mujeres en su lugar


(Sura 2:223) “vuestras mujeres son vuestra campiña”

Jadiya, mujer emprendedora, casada varias veces, exitosa y politeísta, respiraba ciertos aires de libertad en la tolerante arabia preislámica que la vio crecer. Ella colaboró con el presupuesto en los onirismos de su marido Mahoma, un mantenido sagaz quince años menor. El dios lunar Alá aparece fatídicamente y todo cambió.
La mujer en el Islam disfruta a plenitud:
del velo o hijab;
de no poder ser una empresaria multifacética;
de la mutilación genital;
de la servidumbre sexual;
de no poder ser profesora universitaria sin más;
de las caricias maritales boxeriles;
de la reclusión domiciliaria;
de no poder ser una gerente;
de la discriminación del juez;
del abandono emocional e intelectual;
del desprecio de la teología
y de otras tantas dádivas imposibles de enumerar.
El trato igualitario es sorprendente y el machismo demencial estaría en franca retirada. Una mujer fue nombrada mulá y otra califa, y mantienen negocios y heredan por igual. El extremismo recalcitrante del Corán bien interpretado es una golosina, una vela apagada en las noches sin luna.




De la antología: “Las sotanas de Satán”





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