(Sura 32:21) “Les haremos gustar el tormento inferior, el mundanal, antes que el tormento mayor, el de ultratumba.”
I
El Corán es bárbaro e integrista.
El hadiz es fanático e inadmisible.
La sharia es dasalmada y abyecta.
Mahoma era despiadado y lunático.
Imposible y ridículo es para un musulmán devoto:
ser un pacifista inspirado, un ecologista asociado;
ser amoroso con los ateos y las otras confesiones de fe;
contar o escuchar chistes sanos diez horas seguidas;
abolir la pena de muerte y la tortura;
combatir las bodas pedofílicas, el estupro;
mirar a las mujeres como a iguales;
ser misericordioso con ese homosexual alcohólico y ateo;
persuadir con paciencia china a los supuestos infieles;
ver en el pagano a un futuro hijo de Dios;
trabajar incansablemente en la rehabilitación de sanguijuelas;
aceptar las ácidas críticas al blasfemo Corán, flemáticos.
La raíz es la sicópata.
Cuando el pecador sufre amargamente, Alá baila narcotizado samba en el alminar. La idea es que sean atormentados aquí y allá y en todos lados, siempre, y sin excepciones. El tormento incesante es la mejor artillería de la fe. Alá disfruta del tormento como un niño con juguete nuevo.
II
El Corán es tan absurdo e incoherente que ni el propio Alá lo entiende y para no correr riesgos las mezquitas le disparan a todo lo que se mueve y definen como enemigo a todo lo que sea humano, y la crueldad santa es su máxima inspiración y dicha. Nítidamente el Corán no es el camino
del progreso de la ciencia y las artes,
de la esquiva prosperidad,
de la compasión por los herejes,
de la libertad de expresión,
del amor y la serenidad de espíritu,
de la sabiduría y de la misericordia ciclópeas.
De la antología: “Las sotanas de Satán”
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