jueves, 2 de febrero de 2017

El ineludible rol civilizador



(Sura 23:77) “ hasta que abramos, en perjuicio suyo, la puerta del tormento extremado; entonces ellos desesperarán.”

I

Los derechos humanos islámicos rechazan categóricamente el asesinato, la lapidación, la tortura, las violaciones, la opresión, la privación de libertad, la censura a priori, la horca y la sierra, a no ser que la sobrenatural sharia diga exactamente lo contrario. Cuando la maldad es divina, se absorbe con una reflexión devota. Cuando la sharia degüella a un ser humano, es el Misericordioso quien lo degüella, no los musulmanes. El hombre es libre, mas si no se somete a Alá más luego que tarde lo desollarán, con apacibilidad. La prensa libre y las críticas virulentas al Islam también poseen determinadas y precisas restricciones e inconvenientes. Si al ateo, agnóstico, animista o apóstata recalcitrantes le separas la cabeza de su cuerpo, Alá te lo agradecerá por escrito y todos los mulás celebrarán con ese vino espiritual con que el ayatolá mareó a su esposa de diez años, siguiendo la huella pedofílica del longánimo Enviado. La evangelización de los otros credos se garantizó y la mujer se puede casar con un no musulmán, muerta de la risa y con el califa de padrino y mecenas, y divorciarse unilateralmente y heredarlo todo, con la insuperable probidad de los lumínicos hadices. Las damas le agradecen de rodillas al Corán tanta equidad y sentido común.

II

Los derechos humanos no provienen de Dios, agravian al Clemente, que obviamente sí es universal. Los derechos del Creador son lo primero. Obedecer al Señor es lo primero y lo segundo. Los derechos humanos son una religión secular, mundana, sin Dios y sin una moral objetiva mínima. El devoto sólo mirará la palabra sagrada. Desestimar el mandato de las alturas es una aberración. La blasfema hermandad de los derechos humanos impondrá el matrimonio entre homosexuales, el aborto, la pornografía, el vicio, la irreverencia, la herejía y la decadencia. El humanismo puro insulta a Dios y al hombre. Claramente el embrión de todo derecho es divino. Un derecho sin una moral objetiva es una conjetura. La ley de Dios, el derecho del hombre y la ley del hombre. El humanismo es fundamentalista, arrogante y sensual. La Declaración universal de los Derechos Humanos es la revelación religiosa del secularismo intolerante y vil, es su torá, su sharia, su teocracia, su montaña sagrada. El humanismo posee millones de predicadores o demonios, que si los atacas, te excomulgan con cólera. Si rechazas la boda entre homosexuales conocerás la intolerancia e ira del laicismo.

III

El cuerpo es uno y el alma es otra,
el Estado es uno y la religión es otra,
la fe es una y la razón es otra.
Que el alma, repleta del Espíritu divino,
someta al cuerpo a la voluntad del Señor.
Que la religión influya en los ciudadanos,
en la cimentación de una sociedad lúcida y aventajada.
Que la fe y la razón crucen juntas el umbral,
desde la tierra, desde la dura terrenalidad.
Al divorciar a la clara de la yema, a la religión del Estado,
pensamos más, pensamos mejor,
creemos más en Dios, creemos mejor.
Mi racionalidad nutre mi fe en Dios, libremente.




De la antología: “Las sotanas de Satán”






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