(Sura 33:30) “¡Mujeres del Profeta! A quien, de entre vosotras, cometa una torpeza manifiesta, se le duplicará el tormento dos veces.”
I
El mayor gozo y especialidad del Profeta era aterrorizarlas, amedrentarlas. Queda claro que no era un galán con sus esposas, concubinas y amantes de turno. No contento con el castigo de tener que soportar el Islam, a las distinguidas damas les duplicaba el tormento dos veces. Su bestialidad en el trato al sexo femenino es de prestigio universal e incontrarrestable. Mahoma jamás extravió su talento de agarrotador, de desalmado. Todos hemos sido torpes manifiestos, partiendo por el Enviado, que en el suplicio y la hervencia fue gurú y propagandista. Cuando una señorita tímida o cuerda examina el Corán se orina de susto hasta los tobillos.
II
Cuando vi como castigaban a esa muchacha normal decidí irme a meditarlo todo a la montaña, ponerme en la otra vereda y ser un luminoso infiel, con una lupa. La sharia fomenta el odio a Alá y a todas las sabandijas que le representan. Por mientras ella gemía por la humillación, con un paso regular dudé circunspecto de la erudición de los teólogos y sus secuaces. Esta meticulosa disciplina sobrenatural a las féminas encona a todo aquel que por alguna razón alcanzó a pensar. Oprimir, golpear, angustiar y matar a una mujer por un pecado apócrifo es inapropiado.
De la antología: “Las sotanas de Satán”

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