jueves, 2 de febrero de 2017

Predicación con frutos


(Sura 8:67) “No es propio de un Profeta tener prisioneros hasta que haya cubierto la tierra con los cadáveres de los incrédulos.”

I

El alma máter del Islam es poblar el planeta con los cadáveres de los incrédulos y agnósticos. Tomar prisionero a un ateo es indigno. El haram es un cráter activo de animadversión. La aspiración culmen de imanes y ayatolás es hacer de cada país infiel recalcitrante un cementerio monstruosamente gigante. El sistema nervioso de los dogmas mahometanos es avasallar, mutilar y asesinar con convicción y fe, hasta que la gloria del ofuscado y belicoso Alá se apodere de todo. Todo lo demás es chimuchina y demagogia, laicismo.

II

El islamismo, que no sería el Islam, es una ideología totalitaria, fascista, que selecciona perniciosamente del Corán los vocablos que les conviene descifrándolos como les conviene, para que así los santos balazos se oigan en las cuatro esquinas del cosmos, con esplendor. Como anhelan alcanzar el poder total, implantando su piadosa dictadura en cada corredera y raíl, necesitan inventar un enemigo, una misión, un llamado telefónico urgente del Clemente. Mediante un pizarrón no se convencen ni ellos. Requieren del terror, teledirigido del nirvana. Si el objetivo es noble como el corazón de Osama, el yihadista es capaz de escupir sobre el Corán, si es ineludible en el cumplimiento de una orden sacra. La instrucción es tirarle a todo lo ignominioso, hasta que los serafines aplaudan abombados y chispos. El fundamentalismo y algunos almuédanos serían títeres de los atracadores del Misericordioso. El islamismo, que no posee ni Dios ni ley, sentencia: un apóstol desarmado y menguado es una cucaracha coja. El islamismo no sería el Islam, dicen algunos pacificadores mentidos.

III

Estoy descontroladamente dichosa, mi hijo murió por Alá: es un mártir de la fe. Dinamitó un sector de las tinieblas, atemorizó a los infieles con jactancia y frescura. Dios brinda por este tremendo laurel, por su héroe no contaminado por la profanidad, a quien le da la bienvenida con vino tinto y bailarinas vírgenes eróticas, por su estruendosa fidelidad.




De la antología: “Las sotanas de Satán”





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